A primera vista, la escena parece salida de una edición digital avanzada o de un filtro generado por inteligencia artificial debido a la intensidad y distribución de sus colores. Sin embargo, no se trata de ningún truco digital, sino de ciencia pura en estado salvaje.
Este capricho atmosférico ocurre cuando los rayos del Sol inciden de manera precisa sobre pequeños cristales de hielo suspendidos en las nubes. Al alinearse en el ángulo perfecto, los cristales actúan como un prisma que divide la luz solar en un espectro completo de colores llamativos y brillantes.
A diferencia de un arcoíris convencional, que se origina por la refracción de la luz en gotas de agua lluvia, el arcoíris de fuego depende de las altas nubes compuestas por cristales helados y de una posición solar muy específica, lo que convierte su avistamiento en una experiencia inusual y deslumbrante.
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