Aunque los vemos como deslumbrantes chispas cayendo del cielo en fracciones de segundo, la formación de un rayo es un proceso de fricción, carga eléctrica y búsqueda de equilibrio a gran escala.
Todo comienza en el interior de un cumulonimbo, la clásica nube de tormenta de gran altura. En su interior conviven corrientes de aire ascendente muy calientes y descendentes muy frías.
Las gotas de agua helada, los cristales de hielo y el granizo chocan constantemente entre sí debido a las violentas turbulencias.
Esta fricción constante (similar a cuando frotas un globo contra el cabello) separa la electricidad. Las partículas más ligeras de hielo adquieren carga positiva y suben a la parte superior de la nube. Los fragmentos más pesados y el granizo ganan carga negativa y se concentran en la base.
¿Por qué caen a la superficie?
El aire es un aislante eléctrico natural, pero cuando la diferencia de potencial entre la nube y el entorno es brutal, la corriente busca desesperadamente un camino para equilibrarse.
La acumulación de cargas negativas en la base de la nube repela a las cargas negativas de la superficie terrestre, dejando el suelo, los árboles, edificios e incluso personas con una fuerte carga positiva concentrada.
La nube emite una corriente invisible de electrones llamada guía escalonada (stepped leader) que avanza en zigzag hacia el suelo en tramos cortos.
Cuando ambas corrientes se conectan, se abre un canal conductor en el aire. Por allí fluye una descarga masiva de electricidad de abajo hacia arriba en milisegundos, liberando temperaturas que alcanzan los 30,000 °C (cinco veces más caliente que la superficie del Sol) y generando la luz deslumbrante y el trueno.
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