De acuerdo con las denuncias de los conductores locales, el progresivo deterioro de la vialidad responde al paso del tiempo y al desgaste natural de la superficie de rodamiento. Sin embargo, las consecuencias ya son tangibles: tan solo durante la última semana se han reportado al menos dos ponchaduras de llantas debido al impacto directo con el bache.
El problema va más allá de un contratiempo vial; la presencia de este hundimiento representa una amenaza directa para el bolsillo de los trabajadores del volante. El impacto constante de los vehículos no solo daña los neumáticos, sino que también puede provocar averías severas en los sistemas de suspensión.
El peligro se intensifica de manera alarmante con la llegada de la temporada de lluvias. Cuando el agua se acumula, el bache queda completamente cubierto e invisible a simple vista, lo que dificulta que tanto choferes como transeúntes puedan anticipar el riesgo. Esto incrementa la posibilidad de frenados bruscos que terminen en atropellamientos o colisiones.
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