Alexei Ananenko, Valeri Bespalov y Boris Baranov se adentraron en las profundidades de la planta para evitar lo que habría sido una segunda explosión de magnitudes catastróficas.
Días después del accidente inicial, los ingenieros descubrieron un riesgo aterrador: el núcleo del reactor fundido (corio) se estaba abriendo paso a través del suelo de hormigón. Debajo se encontraban depósitos con millones de litros de agua utilizados por los bomberos.
Los expertos estimaron que la fuerza del estallido habría destruido los otros tres reactores, liberando una nube de radiación que podría haber hecho inhabitable gran parte de Europa durante generaciones.
Durante décadas, una leyenda urbana sugirió que los tres hombres murieron a los pocos días debido al “síndrome de irradiación aguda”. Sin embargo, la realidad es un testimonio de resiliencia.