La infancia de Cortázar transcurrió en Banfield, en la periferia bonaerense. Problemas de salud lo mantuvieron recluido entre libros desde muy joven, sembrando la semilla de su imaginario literario. Tras desempeñarse como profesor en el interior de la Argentina, su desacuerdo con el contexto político del país lo llevó a tomar una decisión determinante en 1951: fijar su residencia en París. Allí, trabajando como traductor de la Unesco, concibió el núcleo fundamental de su obra.
Cortázar transformó el cuento corto al integrar elementos fantásticos en entornos cotidianos de forma imperceptible, como en sus célebres volúmenes Bestiario y Final del juego. Su universo conceptual dio origen a célebres creaciones como los “cronopios”, símbolo del espíritu idealista y poco convencional.
El hito decisivo llegó en 1963 con la publicación de Rayuela. Catalogada como una “contranovela”, la obra proponía múltiples itinerarios de lectura, rompiendo la estructura lineal clásica y redefiniendo las posibilidades de la narrativa contemporánea.
Durante sus últimos años, Cortázar vinculó de forma activa su proyección pública al apoyo de causas sociales y políticas de izquierda en América Latina, con especial atención a los procesos de Cuba y Nicaragua.
Tras su fallecimiento el 12 de febrero de 1984 en la capital francesa, sus restos fueron depositados en el cementerio de Montparnasse, donde su figura continúa convocando a lectores de diversas generaciones.
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