En un taller de reparación de calzado fundado en los años 80, aún se arreglan decenas de piezas cada día. Entre martillazos y cambios de suelas, el oficio conserva técnicas tradicionales que han permitido a muchas familias vivir dignamente. Su historia inicia con mujeres que aprendieron el arte de los huaraches y encontraron en este trabajo una forma de vida que aún hoy defienden.
Sin embargo, la llegada masiva de calzado sintético ha puesto en riesgo la continuidad del oficio. Los llamados “zapatos chinos”, más baratos y difíciles de reparar, han desplazado la demanda de servicios y reducido el acceso a materiales de calidad. Además, el costo de la materia prima y la falta de interés de las nuevas generaciones complican aún más la posibilidad de un relevo que mantenga viva esta labor.
Aunque la reparación de zapatos continúa siendo una actividad noble y necesaria —pues siempre hay quien prefiere arreglar en vez de desechar— el panorama no es alentador. De acuerdo con el INEGI, en México existen 11,846 talleres de reparación de calzado, pero más de 2,000 negocios se han perdido en la última década, reflejando un oficio que lucha por no desaparecer.
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