Lo que comenzó como una necesidad tras enviudar joven, se convirtió en la pasión de Doña Sandra, quien a través del pan sacó adelante a sus hijos.
Hoy, el negocio es una labor colectiva que involucra a unas 16 personas, incluyendo a sus hijos y trabajadores que ya forman parte de una segunda generación de panaderos.
Desde las famosas “pellizcadas” recién horneadas hasta una amplia variedad de pan dulce, cada pieza lleva consigo el esfuerzo y la historia de una familia que se niega a dejar morir el oficio artesanal. Como mencionan sus protagonistas, en cada trozo de pan va “el amor y el agradecimiento” hacia una tradición que sigue marcando la historia de Guerrero para el mundo.