Sin embargo, en las esquinas del país está ocurriendo una revolución silenciosa y sumamente deliciosa: el “hot dog” callejero ha dejado de ser una simple opción de comida rápida para convertirse en una auténtica obra maestra culinaria.
Aunque no se trata de un platillo tradicional o de origen prehispánico, la creatividad mexicana ha adoptado esta preparación extranjera, la ha desmantelado y la ha vuelto a armar con un toque único que sorprende tanto a locales como a extraños.
Comer un hot dog en estos puestos es una experiencia que apela a todos los sentidos. Ver al “doguero” picar los ingredientes a toda velocidad sobre la plancha caliente, mientras el aroma del tocino inunda la cuadra, es parte del folclor urbano contemporáneo.
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