Sin embargo, la ciencia advierte que lo que vemos es apenas un espejismo: el plástico que flota en la superficie del agua o que las olas devuelven a las playas representa únicamente el 1% de todo el material plástico presente en el mar.
El 99% restante de este material, calificado por investigadores como el “plástico perdido”, se sumerge en las profundidades de los ecosistemas acuáticos. Una gran parte se fragmenta en microplásticos casi invisibles que quedan suspendidos en la columna de agua, mientras que las piezas más densas caen de forma constante hacia el lecho marino, acumulándose en fosas oceánicas donde la degradación puede tardar siglos debido a la falta de luz solar y las bajas temperaturas.
Esta desproporción revela que la limpieza de playas y la recolección en la superficie, aunque necesarias, resultan insuficientes para frenar el impacto ambiental. La presencia masiva de estos residuos en las capas profundas pone en riesgo a especies bentónicas y organismos filtradores, amenazando la cadena alimenticia marina desde sus bases.
Expertos coinciden en que la solución definitiva no está en intentar dragar el fondo del océano, sino en atacar el problema desde la raíz: reducir drásticamente la producción de plásticos de un solo uso y mejorar los sistemas de gestión de residuos a nivel global antes de que el material alcance los ríos y mares.
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