Mientras otros niños imaginaban ser artistas o doctores, Arlet ya repartía lecciones en un aula imaginaria: ella jugaba a ser maestra.
Lo que comenzó como una ilusión infantil, con el paso de los años se transformó en una sólida vocación que hoy define su vida y su aporte a la sociedad guerrerense.
Para Arlet, la docencia es un vínculo emocional que trasciende el salón de clases. Al recordar sus inicios, la nostalgia y la gratitud se hacen presentes, especialmente al pensar en el pilar de su familia.
“Yo creo que mi mamá está muy orgullosa. Todavía recuerdo mucho cuando [empecé este camino]", comparte con emoción, reconociendo que su trayectoria es también el fruto de los sueños compartidos.
Para esta docente, cada clase no es una rutina, sino un reto y una oportunidad. Su filosofía educativa se aleja de la simple transmisión de datos para enfocarse en el impacto profundo: dejar huella e inspirar.
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