Aunque el fenómeno parece sobrenatural, existe una explicación científica que combina biología, geología y el paso del tiempo.
Contrario a lo que se podría pensar, los árboles no producen el agua. Este fenómeno ocurre principalmente en especies de larga vida, como los robles o ciertos tipos de cedros. El proceso se divide en tres factores clave.
Con el paso de los siglos, el centro del tronco sufre una descomposición natural, creando una cavidad hueca. Sorprendentemente, la corteza exterior se mantiene viva y fuerte, permitiendo que el árbol siga creciendo.
El agua de lluvia o las corrientes internas se filtran a través de las raíces o grietas. Cuando el nivel del agua sube, la presión la empuja hacia arriba por el interior del tronco hueco.
Si el árbol presenta un nudo o una fisura en su corteza, el líquido acumulado encuentra una vía de escape, transformando al gigante de madera en una fuente constante.
Este evento no solo es un deleite visual para los turistas, sino que sirve como recordatorio de la resiliencia de la flora milenaria, que logra adaptarse incluso cuando su estructura interna cambia drásticamente.
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