Todo ocurrió en una calle transitada, donde la normalidad se rompió cuando un transeúnte notó algo inusual. Una niña pequeña permanecía inmóvil, aferrada con fuerza a una farola del alumbrado público. Lo que a simple vista podría haber parecido un juego infantil, escondía una realidad aterradora.
Al acercarse, el testigo se dio cuenta de un detalle crítico: la mano de la niña no solo estaba cerrada, sino fuertemente contraída. No era voluntad de la pequeña sostenerse del poste; se trataba de una descarga eléctrica que provocaba una parálisis muscular, impidiéndole soltarse por sus propios medios.
Comprendiendo que cada segundo contaba y que tocar directamente a la niña podría convertirlo en una víctima más del circuito, el rescatista actuó con rapidez y determinación. Gracias a su intervención inmediata y decidida, logró separar a la menor de la fuente de energía, evitando una tragedia inminente.