Conmovidos por la escena, los hijos de la mujer decidieron honrar su memoria y asumir la responsabilidad de cuidar de ellos.
Durante años, la rutina de “Doña Elena” (nombre ficticio asignado para proteger la privacidad de la familia) no cambiaba: cada mañana y cada tarde salía a la puerta de su casa con platos de comida y agua para varios perros sin hogar que rondaban la colonia. Con el tiempo, este gesto creó un vínculo inquebrantable entre ella y los animales, quienes la reconocían a la distancia y la esperaban pacientemente todos los días.
Sin embargo, tras el inesperado fallecimiento de la anciana hace unas semanas, el panorama cambió de forma desgarradora. Los perros, ajenos a la pérdida humana, continuaron llegando a la misma hora de siempre, sentados frente a la puerta principal, esperando volver a ver el rostro de su protectora.
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