De acuerdo con la tradición prehispánica, el destino de las almas no dependía de una conducta moral en vida, sino de la forma en que la persona había fallecido. El tránsito más extendido era hacia el Mictlán (el inframundo o reino de los muertos descarnados), un recorrido de cuatro años a través de nueve infames regiones donde los difuntos eran puestos a prueba antes de alcanzar el descanso eterno junto a los señores del inframundo, Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl. Otras rutas conducían al Tlalocán (el paraíso terrenal de Tláloc) o al Chichihualcuauhco, un espacio destinado a los infantes.
A lo largo de los siglos XIX y XX, la festividad continuó transformándose. Con la apertura de cementerios formales fuera de los centros urbanos a mediados del siglo XIX como el panteón de Santa Paula en la Ciudad de México, las dinámicas sociales cambiaron, volviéndose común la visita y convivencia en las tumbas con un sinfín de elementos populares.
Asimismo, la creatividad del imaginario popular mexicano nutrió la celebración con elementos entrañables como las calaveras literarias, las representaciones festivas de la muerte y los altares monumentales.
Hoy en día, el Día de Muertos se erige como un símbolo indiscutible de identidad cultural y un patrimonio vivo que reafirma la conexión inquebrantable entre los mexicanos y sus antepasados, demostrando que, a través de la memoria, los seres queridos nunca desaparecen del todo.
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