El canino vivía en un espacio reducido de apenas 1 por 3 metros, rodeado de suciedad, heces fecales y moscas, sin el espacio mínimo para correr, jugar o desarrollarse plenamente. Su única compañía constante era un pequeño tiburón de peluche.
Conmovidos por la situación de abandono, los residentes de la zona se organizaron para mitigar el sufrimiento del animal. Vecinos como Ricardo Pérez relataron que la comunidad se turnaba para proveerle agua, alimento y muestras de afecto. “El perrito no muerde, es cariñoso... la gente que pasaba le daba de comer y su agüita”, comentó Pérez, quien también aseguró que el perro respondía amigablemente cuando lo llamaban “Blanco”.
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