“Todos tienen una historia en Acapulco”, una frase común entre turistas que cobra un profundo significado cuando se convierte en memoria, legado y amor que trasciende generaciones. Para Maritza Dávalos y su hijo Sam Chávez, el puerto no es solo un destino vacacional, sino el vínculo eterno con Efraín Chávez, esposo y padre, cuya memoria permanece viva entre las olas y la arena.
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Efraín Chávez, mexicoamericano, encontró en Acapulco uno de sus lugares favoritos de todo México. Junto a su familia, visitaba el puerto con frecuencia, a veces cada ocho o quince días. Aquí compartían más tiempo que en la ciudad, disfrutando del mar, las playas y la convivencia familiar. Hace cinco años, Efraín partió, pero dejó como herencia un amor profundo por este lugar, que hoy se mantiene firme como una tradición familiar.
Maritza, orgullosamente guerrerense, asegura que la fortaleza que la caracteriza la impulsa a seguir adelante por su hijo. Desde pequeño, Sam fue traído a estas playas para aprender a nadar, respetar el mar y forjar un sentido de identidad ligado al puerto. No eran simples vacaciones, sino momentos de aprendizaje, unión y formación de valores.
Hoy, madre e hijo viven en Pachuca, pero regresan cada año a Acapulco para honrar esa promesa familiar. Aunque Efraín ya no esté físicamente, aseguran sentirlo presente en cada recuerdo, en cada trayecto de regreso y en cada paso sobre la arena. Para ellos, Acapulco no solo recibe visitantes: resguarda historias, tradiciones y corazones que, sin importar el tiempo, siempre vuelven.
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