El arte del tatuaje ha acompañado a la humanidad desde hace miles de años. Pero existe una explicación científica: ¿por qué la tinta no desaparece con el tiempo? Es un proceso fascinante donde la ingeniería y el sistema inmunitario trabajan de la mano para lograr la fijación del pigmento.
Para aplicar un tatuaje, la máquina desplaza pequeñas agujas miles de veces por minuto. En lugar de dejar el pigmento sobre la superficie, las agujas atraviesan la capa externa de la piel (epidermis) e inyectan la tinta en la capa más profunda, conocida como dermis.
Con el paso de los días, los microorificios causados por las agujas cicatrizan de forma natural en la superficie mientras la epidermis se regenera. En tanto, las células cargadas de tinta permanecen fijas dentro de la dermis, reteniendo el diseño de forma permanente debajo de la piel durante años.
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