Durante siglos, la filosofía y la ciencia han asumido que el pensamiento racional, la capacidad de calcular y el intelecto complejo son los pilares fundamentales de la consciencia humana.
Sin embargo, un creciente grupo de neurocientíficos e investigadores del comportamiento ha comenzado a desafiar este paradigma con una premisa fascinante: la consciencia surge primero de los sentimientos y no de los pensamientos.
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