Un hombre, cuya identidad se mantiene bajo reserva, decidió presentarse en una sucursal bancaria con los restos óseos de su hermana para demostrar, de una vez por todas, que la titular de la cuenta había fallecido.
Según los informes, el hombre llevaba tiempo intentando retirar fondos de la cuenta de su difunta hermana. A pesar de sus repetidas explicaciones sobre el deceso, el personal del banco se mantenía firme en una política inflexible: para realizar cualquier movimiento de retiro, era indispensable la presencia física de la titular.
Ante la negativa sistemática de los empleados, quienes aparentemente no aceptaban certificados de defunción o simplemente exigían la comparecencia del titular según el protocolo, el hermano tomó una decisión drástica y perturbadora.