Lo más escalofriante del caso de los caníbales de Krasnodar no es solo el asesinato, sino el acto de depravación absoluta de alimentar a otros con carne humana bajo engaño. Natalia Baksheeva aprovechó su puesto en una academia militar para ofrecer pasteles a jóvenes pilotos y estudiantes, quienes, en su inocencia y confianza, ingirieron restos humanos creyendo que se trataba de comida ordinaria.
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Esta violación a la confianza humana es difícil de procesar: la pareja convirtió a sus víctimas en alimento para terceros, obligando a personas ajenas al crimen a participar, sin saberlo, en su canibalismo sistemático. Mientras los estudiantes almorzaban, los Baksheev guardaban tutoriales de cocina y restos desmembrados en la misma nevera donde almacenaban su comida diaria.
El hecho de que estudiantes militares hayan sido alimentados con los restos de personas desaparecidas añade una capa de trauma imborrable a la investigación. No se trató solo de sobrevivir, sino de una crueldad deliberada que forzó a jóvenes inocentes a romper el tabú más sagrado de la humanidad sin su consentimiento.
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