En un recorrido por Chicotlán, las imágenes son desoladoras. Casas con techos de lámina perforados, fogones apagados y calles vacías donde solo permanecen los animales. Chivos, borregos y gallinas deambulan sin rumbo, siendo los únicos testigos de la violencia que vació el poblado en cuestión de minutos.
En medio del éxodo, una figura solitaria destaca: un hombre de la tercera edad que, a sus 77 años, decidió regresar a su humilde vivienda. A pesar de haber intentado huir inicialmente con el resto de la comunidad, el cansancio físico y la sensación de no tener nada más que perder lo trajeron de vuelta.
Ante la gravedad de la situación, elementos de la Secretaría de Marina (SEMAR), la Guardia Nacional y autoridades estatales acudieron a la zona de conflicto para reunirse con los desplazados. Sin embargo, la reunión se llevó a cabo bajo un hermetismo total, sin que se difundieran los acuerdos alcanzados para garantizar el retorno seguro de las familias.
Mientras las autoridades analizan la estrategia de seguridad, el desplazamiento continúa. Las escuelas, la iglesia y el centro de salud de Chicotlán permanecen cerrados, mientras el destino de cientos de familias indígenas pende de un hilo en los refugios temporales de las comunidades vecinas.