Este domingo, los panteones del puerto se convirtieron en el punto de reunión para miles de familias que, a pesar de la partida física, no faltaron a la cita anual con “mamá".
Desde el amanecer, el gris habitual de los pasillos de los cementerios fue sustituido por una explosión de colores. No hubo rincón que se quedara en el olvido; la tradición dictó que el mejor regalo para este día es el tiempo y la memoria.
Lo que distingue a esta jornada es la atmósfera de intimidad colectiva. En un gesto de amor que trasciende el tiempo, se pudo observar a personas de todas las edades “platicando” con sus madres. Entre oraciones susurradas y lágrimas contenidas, las familias compartieron noticias, logros y penas, manteniendo viva una conversación que la muerte no pudo interrumpir.
Para muchos acapulqueños, visitar el panteón este 10 de mayo no es un acto de tristeza, sino un ejercicio de gratitud. Es el momento de sentarse un rato, bajo la sombra de algún árbol cercano, para recordar los consejos, los abrazos y la esencia de la mujer que les dio la vida.