Para mediados de la década de los 90, la relación entre ambos astros había pasado por constantes altibajos mediáticos, alimentados por el eterno debate entre argentinos y brasileños sobre quién ostentaba la corona del mejor de todos los tiempos. Sin embargo, aquella jornada en Río de Janeiro dejó de lado las estadísticas, los mundiales y los egos.
Lejos de la rigidez de las conferencias de prensa habituales, el encuentro estuvo marcado por risas, confidencias y un profundo respeto mutuo.
La imagen de Pelé con su eterna sonrisa y Maradona escuchándolo con genuina admiración se convirtió de inmediato en la definición perfecta de la fraternidad deportiva.
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