Hace siglos, a orillas de una bahía aún sin nombre, vivía la tribu Yope… hasta que fueron vencidos por un grupo náhuatl nómada que los hizo huir.
Durante esa estancia, nació un niño: Acatl, “carrizo”, encomendado al dios Quetzalcóatl.
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Pasó el tiempo. Acatl, ya hombre, partió en busca de amor… y encontró a Quiáhuitl, hija del jefe Yope.
Sin saberlo, se enamoró de la hija del enemigo de su padre.
El amor fue real, pero el pasado, más fuerte.
El jefe Yope maldijo a Acatl… y su dolor fue tan profundo, que sus lágrimas lo deshicieron, hasta convertirse en un charco de lodo del que brotaron carrizos.
Quetzalcóatl, al ver la tragedia, convirtió a Quiáhuitl en una nube.
Y una tarde, llena de furia y nostalgia, regresó…
Descendió como tormenta sobre los carrizos, los arrasó, y se fundió con ellos en el barro.
Por fin, juntos en la eternidad.
Así nació Acapulco: “lugar donde fueron destruidos los carrizos”.
¿Será esta la razón… de los huracanes tan intensos que aún azotan el puerto?
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