El futbol conecta con un conjunto de emociones que alteran de forma directa la química cerebral. De acuerdo con Víctor Manuel Rodríguez Molina, especialista del Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UNAM, los partidos provocan un desfogue de sentimientos donde el cerebro racional se desconecta, permitiendo que florezca el cerebro primitivo.
Cuando esto ocurre, las decisiones ya no pasan por la corteza prefrontal (encargada del razonamiento), sino por la amígdala, una estructura que opera exclusivamente bajo impulsos emocionales y donde se pierde la razón.
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Esta falta de control y de filtro racional explica por qué los eventos negativos dentro de la cancha detonan conductas destructivas o violentas, tanto en los estadios como en los hogares.
Emociones negativas
Según el académico, ante una mala jugada o un marcador adverso, el circuito de recompensa decae, dando paso a sentimientos combinados de impotencia, tristeza e ira.
Si el lóbulo frontal no logra poner un freno, la emoción negativa se transforma en una falta total de control que deriva en agresiones a personas u objetos.
Según el investigador, procesar la derrota es sumamente difícil para el aficionado porque se experimenta como una pérdida personal. El dolor del fracaso deportivo confronta las expectativas del fanático con sus propias vivencias, lo que prolonga el sufrimiento por el resultado.
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