En una época donde la educación era un privilegio, surgió en la Francia del siglo XVII una figura que cambiaría el destino de la enseñanza: San Juan Bautista de La Salle.
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Sacerdote y teólogo de formación, De La Salle diseñó un sistema de virtudes que hoy sigue siendo el pilar de la formación docente en todo el mundo.
El aula como espacio de caridad
En su célebre tratado La guía de las escuelas, el pedagogo rompió con la tradición del rigor autoritario; su premisa era clara: el maestro no debe ser un ejecutor de ira, sino un canal de caridad.
Bajo esta visión, enumeró 12 virtudes esenciales que todo educador debe cultivar; entre ellas, destacan tres como motores del cambio:
- La paciencia: fundamental para tratar con los alumnos que presentan mayores retos.
- La mansedumbre: antídoto contra la ira y el autoritarismo irracional.
- La vigilancia: acompañamiento atento y constante.
"Tened mucha paciencia con los niños, y especialmente con los más difíciles", solía repetir el santo, enfatizando que la educación es un proceso de acompañamiento a largo plazo.
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